La estrecha relación entre la microbiota intestinal y la enfermedad de Parkinson

El párkinson es el segundo trastorno neurodegenerativo más común después de la enfermedad de Alzheimer. Globalmente, se estima que afecta a uno de cada 100 pacientes mayores de 60 años y registra una prevalencia de 100-300 por cada 100.000 personas. Para 2019, Chile presentaba la mayor prevalencia en Latinoamérica con un 19,9%, seguido por Paraguay, El Salvador, Honduras y Guatemala. Sin embargo, debido al envejecimiento progresivo de la población mundial, se espera que el número de personas que la sufren aumente hasta duplicarse en el año 2030.

El Dr. Raúl Rivas González, catedrático de Microbiología en la Universidad de Salamanca, explica que esta enfermedad cuando ataca “unas de las principales afectadas son las neuronas dopaminérgicas”, dado que el deterioro progresivo provoca una disminución de los niveles de dopamina, la que “ocasiona un proceso neurodegenerativo multisistémico”.

Durante mucho tiempo, las características patológicas de la enfermedad fueron vinculadas a la deposición intracelular de la proteína alfa-sinucleína, que conduce a la muerte neuronal y provoca neuroinflamación. Sin embargo, hoy se sabe que la enfermedad de Parkinson es un trastorno multisistémico que afecta tanto al sistema nervioso central como al sistema periférico.

Esto quiere decir que los pacientes que desarrollan la enfermedad de Parkinson padecen síntomas motores característicos que incluyen temblor en reposo, bradicinesia, rigidez y anomalías en la marcha, dificultades de equilibrio y pérdida de movimiento espontáneo, así como hiposmia, trastornos del sueño, depresión y síntomas gastrointestinales como la gastroparesia o estreñimiento. El investigador sostiene que estos últimos son “los primeros en aparecer en muchos pacientes”.

Consecuencias cerebrales de una microbiota alterada

Pese a que el Parkinson afecta al sistema nervioso central, parece ser que está relacionada con la microbiota intestinal. Según explica Rivas, “muchos estudios han informado que alteraciones significativas de la microbiota intestinal pueden ser relacionadas con la enfermedad de Parkinson. Y podría explicar que a veces los problemas gastrointestinales precedan al inicio de los síntomas motores”.

Si bien, aún no hay consenso sobre las características de la microbiota específica asociada al párkinson, son varios los análisis que apuntan a que existe relación directa entre la enfermedad y la reducción de poblaciones de la familia Prevotellaceae, como también podría estar ligado al enriquecimiento poblacional de proteobacterias (Burkholderiales), enterobacterias y bacterias pertenecientes a las familias Peptostreptococcaceae y Lachnospiraceae.

“Que los microorganismos del tracto intestinal afecten a la función cerebral podría deberse a la regulación de las respuestas inmunitarias, la permeabilidad intestinal y los ácidos grasos de cadena corta producidos por los microbios intestinales”, indica el investigador.

En esta línea, el ácido acético, el ácido propiónico y el ácido butírico, originados durante la fermentación bacteriana de fibras en el intestino, actúan como fuente de energía para los colonocitos (células que recubren el epitelio del colón), regulan la barrera intestinal e influyen en las respuestas inflamatorias.

Con relación a esto, diversos estudios han relacionado las alteraciones de la microbiota con la disminución de las concentraciones de ácidos grasos de cadena corta, en particular el ácido butírico, en pacientes con la enfermedad de Parkinson.

Cerebro, intestino e inflamación

Cuando el microbioma intestinal se desequilibra (conocida como disbiosis intestinal) algunas de las consecuencias inmediatas son la inflamación intestinal, el estreñimiento, la diarrea y las náuseas. Respecto a la enfermedad de Párkinson, se cree que el plegamiento incorrecto y la agregación de la proteína alfa-sinucleína es una consecuencia de esa inflamación intestinal. De hecho, el Dr. Rivas explica que “la microbiota intestinal, especialmente una microbiota proinflamatoria y disbiótica, puede activar de forma crónica los sistemas inmunológicos de la mucosa intestinal, sistémica y cerebral, lo que puede culminar en una neuroinflamación”.

De esta forma, una combinación de microbiota proinflamatoria y la activación inmune exagerada de las mucosas parece ser el mecanismo subyacente de la inflamación intestinal en la enfermedad de Parkinson. Por tanto, la microbiota intestinal disbiótica es un desencadenante y/o un facilitador de la neuroinflamación sostenida que puede iniciar y/o promover la patogénesis de la enfermedad de Parkinson.

Dada la relación que se ha establecido entre la microbiota intestinal y la enfermedad de Párkinson, pese a que aún no se establece un consenso, el investigador hace hincapié en que modificar la microbiota y preservar la salud es posible siguiendo una dieta rica en fibra, además de limitar el estrés, evitar el consumo de alcohol y tabaco, usar convenientemente probióticos y prebióticos para regular la microbiota intestinal y realizar ejercicio a diario.

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