VI Congreso Chileno de Salud Pública y VIII Congreso Chileno de Epidemiología: abordando la equidad en salud

El próximo 6, 7 y 8 de mayo se realizará el VI Congreso Chileno de Salud Pública y VIII Congreso Chileno de Epidemiología en modalidad virtual. Para esta ocasión, el foco estará en la equidad en salud para una sociedad en creciente complejidad.

“El Congreso tiene como objetivo generar espacios de diálogo entre diversos actores que comparten la preocupación por los desafíos sociales, sanitarios y políticos que, como sociedad, estamos enfrentando. Buscamos que se compartan los conocimientos generados a través  de la investigación y aunar esfuerzos para generar  los cambios que nos permitan avanzar en una sociedad más justa, más inclusiva, más solidaria requiere del esfuerzo de todos y todas”, declara la Dra. Matilde Maddaleno, presidenta del Comité Organizador del congreso.

El Congreso es un esfuerzo mancomunado de distintas entidades académicas y científicas nacionales como la Red Chilena de Instituciones Formadoras en Salud Pública, de la Sociedad Chilena de Epidemiología, de la Sociedad Chilena de Salubridad, la Sociedad Chilena de Salud Pública Oral, la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile y el Programa Centro de Salud Pública de la Universidad de Santiago.

La académica de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Santiago sostiene que “en la sociedad estos procesos de cambio acelerado y las condiciones estructurales de base en la crisis sanitaria están marcadas por el estallido social de octubre de 2019 y la crisis económica global”.

Además, “la equidad en salud adquiere visibilidad en las agendas políticas actuales. De hecho, el compromiso de no dejar a nadie atrás que preside la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible es, en su esencia, una invocación a la equidad social que incluye, desde luego, la equidad en salud”, relata.

¿Por qué enfocarse en la equidad?

El envejecimiento y las nuevas condiciones epidemiológicas y socioeconómicas han llevado al aumento de las enfermedades no transmisibles, del sufrimiento mental, de la discapacidad, de los traumatismos causados por el tránsito y de la violencia doméstica e interpersonal, y estas situaciones han ocupado los primeros lugares entre los principales problemas de salud que requieren de un abordaje intersectorial y el fortalecimiento de los sistemas de seguridad social y de los sistemas de salud.

El estado de ausencia de desigualdades injustas en las oportunidades para la salud de las personas y los colectivos humanos ha pasado a tener un protagonismo central en la toma de decisiones sociales, en compartir una vida civilizada, la identidad de los pueblos y sus instituciones y la promoción de la salud poblacional.

El estallido social de octubre de 2019 y el desigual impacto del COVID-19 en Chile, nos vuelven a recordar que la inequidad es una amenaza para la gobernabilidad y la legitimidad democrática y la importancia de seguir avanzando en una salud pública que contribuye al bienestar de las sociedades.

¿Cómo se percibe la desigualdad en salud?

Las desigualdades en salud se definen como diferencias observables en la salud entre dos o más grupos socialmente determinados. Estas diferencias pueden objetivarse a partir de la observación simple e inambigua de datos relevantes (por ejemplo, la mortalidad infantil es más alta en niños pobres que en ricos).

Las inequidades en salud, en cambio, no se miden, se juzgan. Más concretamente, las inequidades en salud se basan en un juicio ético sobre las desigualdades en salud observadas. Cuando nos referimos a inequidades en salud, describimos una desigualdad que es injusta, prevenible e innecesaria.

En general, Latinoamérica es una región tremendamente desigual e inequitativa, donde la “necesidad de salud”, es decir, la brecha entre un estado observado y uno deseado cada vez se hace más amplia. Y Chile, que ha tenido un desarrollo económico y tecnológico, donde se dispone de herramientas diagnósticas y terapéuticas, personal de salud capacitado y una supuesta gobernabilidad adecuada, no escapa a esta realidad donde no sólo existen desigualdades, sino que inequidades sociales, y que en estos últimos años han quedado visualizadas, incluso desde antes de la pandemia de Covid-19.

¿Por qué hablar de desigualdad en pleno contexto de Covid-19?

La propagación pandémica del SARS-CoV-2 desnuda y exacerba las desigualdades sociales: ni la exposición ni la susceptibilidad al agente infeccioso se distribuye homogéneamente en la población; pues se concentra en situación de vulnerabilidad y exclusión social.

Las desigualdades sociales subyacentes aceleran la propagación pandémica del SARS-CoV-2: la falta de acceso a servicios de salud y a la buena información de las poblaciones socialmente más desaventajadas las deja más expuestas y/o susceptibles al agente infeccioso durante las crisis. Las consecuencias a corto, mediano y largo plazo de la sindemia COVID-19 y desigualdad social sobre la salud poblacional son estructurales, multidimensionales e interseccionales.

De particular relevancia en el modelo conceptual de los determinantes sociales de la salud es la posición social, pues juega un papel explicativo fundamental. Este es un constructo que captura una cualidad ecológica cardinal de toda organización social: el gradiente social, esto es, la organización jerárquica de los miembros de una sociedad.

¿Y cómo juegan estos conceptos en eliminar la brecha de desigualdad en salud?

Los conceptos de “desigualdades en salud” y “determinantes sociales de la salud” están inextricablemente ligados, es decir, son inseparables. Como lo destaca el Informe Final de la CDSS, solamente es posible eliminar desigualdades en salud a través de la acción sobre los determinantes sociales de la salud. Dicho a la inversa, el impacto poblacional de la acción –por antonomasia intersectorial– sobre los determinantes sociales de la salud solo puede medirse constatando una reducción no trivial de las desigualdades en salud

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