El rol de la evidencia en el uso de probióticos: Las recomendaciones en la práctica clínica deben vincular las cepas específicas con los beneficios declarados

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El tracto gastrointestinal humano alberga un complejo y dinámico ecosistema microbiano, denominado microbioma gastrointestinal, donde se estima que conviven más de 400 especies de bacterias diferentes y que es responsable de importantes funciones, entre ellas actividades metabólicas e interacciones con el sistema inmune.

El término microbioma, anteriormente conocido como «flora intestinal», se refiere a la totalidad de los microbios (bacterias, hongos, virus, etc.), sus elementos genéticos y las interacciones medioambientales en un entorno

En este contexto la microbiota, la comunidad de microorganismos vivos residentes en un nicho ecológico determinado, como el intestino (colon), actúa como barrera y previene la colonización de microorganismos oportunistas y patógenos. De esta forma, por ejemplo, el microbioma intestinal es indispensable en la interacción entre el epitelio intestinal y el sistema inmune de la mucosa, afectando al desarrollo y la homeostasis de la inmunidad mucosa normal.

Según la definición propuesta por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y la Organización Mundial de la Salud, los probióticos corresponden a “microorganismos vivos (o sus componentes) que, administrados en adecuadas cantidades, confieren un beneficio sobre la salud en el huésped”.

Más de un siglo de investigación

Hace más de un siglo, Elie Metchnikoff, científico ruso, premio Nobel de Medicina en 1908 y profesor en el Instituto Pasteur en París, postuló que las bacterias ácido lácticas (BAL) eran beneficiosas para la salud, y capaces de promover la longevidad. El trabajo de Metchnikoff sugirió que la “autointoxicación intestinal” y el envejecimiento resultante podrían suprimirse modificando la microbiota intestinal y reemplazando los microbios proteolíticos (que producen sustancias tóxicas) por microbios útiles. De esta forma, el científico diseñó una dieta con leche fermentada con una bacteria a la que bautizó como “Bacilo búlgaro.”

Este innovador concepto fue evolucionando con el correr de los años y de manera frecuente, los trastornos del tracto intestinal eran tratados con bacteria no patogénicas viables con el objetivo de modificar o sustituir la microbiota intestinal. Por ejemplo, en 1917, antes de que Alexander Fleming descubriera la penicilina, el científico alemán Alfred Nissle aisló una cepa no patogénica de Escherichia coli a partir de las heces de un soldado de la Primera Guerra Mundial que no presentó enterocolitis durante un brote severo de shigellosis. Esa cepa resultó ser Escherichia coli cepa Nissle 1917, y constituye uno de los pocos ejemplos de un probiótico que no es BAL.

Años más tarde Henry Tissier, investigador del Instituto Pasteur, logró aislar un Bifidobacterium de un lactante alimentado a pecho con el objetivo de administrárselo a lactantes que padecieran diarrea. De acuerdo a su hipótesis, este germen desplazaría a las bacterias proteolíticas que provocaran diarrea. Por otro lado en Japón, el Dr. Minoru Shirota aisló la cepa Shirota de Lactobacillus casei para enfrentar los brotes de diarrea. Hay un producto probiótico con esta cepa que se comercializa desde 1935.

Estos fueron los primeros impulsores de un campo científico que ha florecido. De hecho, actualmente al realizar una búsqueda de ensayos clínicos en humanos en PubMed muestra que se han publicado más de mil reportes sobre el uso de probióticos.

Prebióticos y simbióticos

El concepto de prebióticos es más reciente que el de probióticos, habiéndose propuesto inicialmente por Glenn Gibson y Marcel Roberfroid en 1995. Según los investigadores, los aspectos clave de un prebiótico son que el huésped no los puede digerir y que aportan a la salud del individuo gracias a su influencia positiva sobre los microbios beneficiosos nativos.

La administración o el uso de prebióticos o probióticos busca influir sobre el ambiente intestinal dominado por trillones de microbios comensales, para beneficiar la salud humana.

Los prebióticos son sustancias de la dieta, que fundamentalmente consisten en polisacáridos y oligosacáridos no almidón, que en su mayoría de los prebióticos se utilizan como actualmente como ingredientes alimentarios

Géneros, especies y cepas

Las cepas de probióticos se identifican según su género, especie y subespecie, si corresponde, por medio de una designación alfanumérica que identifica a una determinada cepa.

En la comunidad científica, hay un acuerdo en cuanto a la nomenclatura aplicable a los microorganismos—por ejemplo, Lactobacillus casei DN-114 001 o Lactobacillus rhamnosus GG. La comunidad científica no controla los nombres comerciales. Según las pautas de la OMS/FAO, los fabricantes de probióticos deben registrar sus cepas con un depositario internacional, quien le otorga una designación adicional a las cepas.

En el caso de los probióticos es importante usar las designaciones de las cepas, ya que el enfoque más robusto sobre la evidencia de los probióticos es poder atribuirle beneficios a determinadas cepas o combinaciones de cepas de probióticos a una dosis eficaz, como lo describen las Guías Mundiales de la Organización Mundial de Gastroenterología publicadas en 2017.

 

Evidencia para la toma de decisiones

Las recomendaciones del uso de probióticos, especialmente en la práctica clínica, deben vincular las cepas específicas con los beneficios declarados, basado en los estudios en humanos. Algunas cepas tienen propiedades singulares que pueden explicar ciertas actividades neurológicas, inmunológicas y antimicrobianas. En este sentido, un buen indicador para evaluar la evidencia de las distintas formulaciones son las guías de probióticos, como por ejemplo las Americanas, Canadienses o Europeas , que dan cuenta del distinto nivel de evidencia con las que cuenta cada producto.

Según explica la doctora Sylvia Cruchet, gastroenteróloga, académica e investigadora del

Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA), dependiente de la Universidad de Chile, el uso de los probióticos y prebióticos es un tema de interés a nivel mundial, aunque hace un llamado para “aplicarlos de manera adecuada, con cepa especifidad y con evidencia científica al día”.

El “tema de la microbiota lo estamos conociendo y es un mundo. Nosotros como seres humanos estamos hechos de un 90% de bacterias y solo el 10% son células humanas”, apunta.

A su juicio, este es un tema que ha ido ganando un importante terreno.

“Estamos en un ambiente muy limpio, entre comillas, limpio de bacterias, infecciones y con alimentos muy procesados, entonces ya no tenemos bacterias en nuestro intestino. El cuerpo humano es 90% de bacterias y requiere de un equilibrio positivo de ellas, entonces estas bacterias nos están haciendo falta, las estamos consumiendo como probióticos”, destaca.

En este mismo contexto, la especialista señala que la investigación en el uso de los probióticos ha ganado mucho protagonismo, destacando por ejemplo que ya hay investigaciones en áreas tan diversas como autismo y depresión.

“Resulta que muchos de los cánceres, las intolerancias y las alergias tienen que ver con que nuestro aparato inmune ha perdido estas bacterias buenas. Entonces, tenemos que consumirlas de otras maneras y una de ellas es a través de los probióticos”, afirma agregando que la microbiota tiene mucho que ver con la inmunidad en distintas partes del organismo.

A modo de ejemplo, destaca, el uso de probióticos para mejorar algunas situaciones de salud como son los desequilibrios intestinales o para mejorar condiciones de la vía respiratoria.

“Existe evidencia muy sólida en diarrea asociada a antibióticos y en infecciones respiratorias altas. Cuando se asocian a una dieta saludable, mejoran las conductas frente al cáncer, se usan en cólicos en lactantes, porque se ha visto que los niños que tienen muchos cólicos es porque están colonizando de una manera distinta. Los niños que nacen por cesárea tienen diferente microbiota que aquellos que nacen por parto vaginal. En todos esos segmentos se están usando”, detalla.

Considerando la gran variedad de probióticos disponibles, la especialista también resalta la necesidad de evaluar bien la evidencia.

“Hay mucho, pero no todo sirve”, explica agregando que debe tomarse en cuenta la evidencia y la especificidad de cada cepa.

“A ti el doctor no te dice que tomes cualquier antibiótico, te da uno específico. Acá debe ser igual”, enfatiza.